La noche larga de Tlahuelilpan; testimonios desde la tragedia

22 de enero a las 01:20 5,490

José Armando “N”, de 16 años, fue uno de los tantos adolescentes que se encontraban en la comunidad de San Primitivo la tarde del viernes 18 de enero.

Él, junto con cientos de vecinos de poblados aledaños a la cabecera municipal de Tlahuelilpan, Hidalgo, había llegado a un terreno de cultivo, bidón en mano, para recolectar el combustible que el viernes 18 de enero brotaba con furia de la tierra.

Su prima, una señora de más de 40 años, menciona que acudió de inmediato a la zona del siniestro tras enterarse de la explosión en un tramo de la toma clandestina que hasta hace unas horas había terminado con la escasez de hidrocarburo que asola a gran parte del estado de Hidalgo.

Ahí, un géiser de gasolina de alto octanaje se convirtió, de pronto, en una columna de llamas que superaba los diez metros de altura. Una fuente comburente que abrasó —hasta dejar en cenizas— a quienes se encontraban a un costado de la zanja de aguas negras convertida en poza de fuego.

Tras poco más de 5 horas de incendio, minutos antes de las cero horas del sábado 19 de enero, las llamas del ducto habían sido apagadas.

Para entonces la noche aún se vislumbraba larga para los afectados por la explosión.

Una vez sofocada la conflagración, en medio del caos y la desinformación y abrumados por la terrible realidad, familiares de desaparecidos en el incendio del ducto comenzaron a inspeccionar el terreno de cultivo —ahora sembrado de cadáveres calcinados.

Decenas buscaban entre los restos vestigios que les ayudaran a identificar a sus seres queridos. En parejas, los vivos se abrazaban como queriéndose brindar apoyo para no desfallecer ante una imagen que parecía una postal del mismo infierno.

En ese lugar, en el momento de la explosión, había “muchos adolescentes, mujeres y niños” menciona apesadumbrada una segunda mujer cuyo rostro es surcado por lágrimas mientras reconoce que ella también busca a un familiar.

Se trata de un sobrino que, al igual que José Armando “N”, también era un adolescente que se encontraba en una región calificada por el INEGI como una de las más pobres del estado de Hidalgo.

“¿De quién es la responsabilidad de la tragedia de Tlahuelilpan?”

“Muchos le echan la culpa al gobierno y yo creo que somos nosotros mismos. Porque a lo mejor la desesperación de que la economía (que) cada día está peor en el país… Somos un país rico, rico en todo, ¡y somos el más pobre!”, exclama con dolor la prima de José Armando “N”.

Y añade con la voz entrecortada por el sufrimiento: “No es posible que la gasolina esté tan cara y (que) todo esté tan caro y el salario esté tan bajo… Muchos responsabilizan al gobierno y yo pienso que nosotros también tenemos la culpa”.

Otro más de los afectados por la tragedia, un sujeto de tez morena y complexión robusta que pide no dar su nombre por temor a represalias, llegó ahí para buscar a su tío. Él menciona que fue cuando llegaba a su pueblo procedente de la CDMX —donde trabaja en una funeraria— cuando se enteró que su tío estaba desaparecido.

Comenta que un primo resultó herido de gravedad al intentar rescatar a su padre del fuego, quien recolectaba combustible con un bidón de 20 litros, cuyo costo comercial no rebasa los 400 pesos.

Para el entrevistado anónimo, resulta inaudito que el Ejército no hubiera actuado con mayor contundencia para contener y alejar a quienes extraían combustible.

“Si ya sabían los soldados que estaba esto (la fuga del ducto), ¿por qué no sacaron a la gente..? ¡Fuera como fuera, eh! ¡Qué necesidad!”

“La responsabilidad es de la gente, porque el gobierno está haciendo lo correcto: tapar los ductos para que termine la ordeña”, comenta. “Eso tiene que acabar. Si los ductos tienen sensores, porque no detuvieron el flujo?”, pregunta desconcertado.

Mientras esto comenta, de fondo se escuchan los gritos de una joven que se enfrenta a lo irremediable de la muerte de un ser querido en circunstancias dolorosas. Su llanto, como el de muchos, aún reverbera en Tlahuelilpan.

fuente: La Razón