Persiguiendo al virus: 160 días de cobertura gráfica del COVID-19 en la CDMX

8 de agosto a las 14:56 3,780

En 160 días de cobertura gráfica de la pandemia de coronavirus en México, Eduardo Cabrera ya pasó por tres pruebas para detectar la enfermedad, que salieron negativas, y dos periodos de aislamiento: uno porque tuvo gripa y tos y decidió confinarse y el otro después de que estuvo muy cerca, para fotografiarlo, del senador priista Miguel Ángel Osorio Chong antes de que diera positivo a COVID-19.

Desde el 28 de febrero, cuando en el país se confirmó el primer caso de la enfermedad, Eduardo, “Lalo” como lo conoce la mayoría, ha fotografiado para La Razón, entre otros eventos, el plantón de familiares de víctimas en el Zócalo, las protestas de los médicos por falta de insumos y las manifestaciones por la muerte de Giovanni López en Jalisco, evento en el que captó el momento en que policías de la Ciudad de México patearon a una menor de edad.

En esa cobertura, recuerda el joven fotógrafo, hubo tensión entre los manifestantes y la policía, cuando la capital del país aún estaba en semáforo en rojo, “en plena pandemia”. Lalo fue de los dos fotógrafos que captó el momento exacto de la agresión contra Melanie.

La imagen la logró, cuenta, gracias a que esa tarde no siguió el “protocolo” de seguridad de mantenerse junto con los demás fotógrafos durante las marchas sino que corrió para seguir a la adolescente.

“Vi correr a la niña y vi correr a los policías atrás de ella y empecé a correr al ritmo que ellos, y lo único que hice fue sacar la cámara… cuando veo que la tiran pues me paré, todavía hasta me hinqué y tomé las fotos, pa, pa, pa, después vi que iban sobre de mí y otra vez a correr”, recuerda y por eso fue una de las dos personas que tiene esa foto.

Al contar sobre la imagen reconoce que sintió coraje, como muchas otras veces mientras fotografía injusticias que atestigua o porque ve el sufrimiento de las personas, pero sale del sentimiento pensando que este, fotografiar, es su trabajo y que no se dedica a causas sociales.

“Tengo la foto, no te puedes detener a ayudar a toda la gente, me dio mucho coraje, me sentí mal, esas cosas son las difíciles, que no sabes cómo sentir”, dice.

Desde que inició la epidemia de coronavirus, el ritmo de trabajo del fotoperiodista cambió: antes estaba asignado a eventos en salones o conferencias a los que asistían muchas personas, que tras los primeros contagios, se cancelaron y desde entonces empezó a retratar los primeros efectos: viajeros varados en el aeropuerto, mujeres dedicadas al trabajo sexual en La Merced que se quedaron sin fuente de ingresos y panteones recibiendo a las primeras víctimas.

Usuario constante del Metro, también captó las tardes y las mañanas en las que los vagones se vaciaron, a finales de abril y todo mayo, tiempo en el que, concluyó, “el Metro ya no se respiraba igual”, o cuando al Zócalo no iba nadie.

También ha visto cómo en el transporte y en las calles de la Ciudad de México hay personas que no creen en el virus y no aplican las medidas sanitarias, a pesar de grandes carteles que alertan “Salva vidas, quédate en casa” y “Zona de alto contagio”.

Un 28 quiso saber qué pasaba con la celebración a San Judas Tadeo en la iglesia de San Hipólito, donde no encontró a las multitudes acostumbradas, pero sí a uno que otro devoto cargando a su imagen escuchando misa detrás de una reja y con la iglesia cerrada.

Las tres pruebas que le han aplicado fueron obligatorias para poder entrar a cubrir las sesiones en la Cámara de Diputados. De ellas, confiesa, ha sido un “aliviane” saber el resultado negativo, especialmente el día que se la hicieron poco después de haber entrado a fotografiar el campamento de familiares de víctimas, de donde salieron casos positivos.

En San Lázaro le dio coraje ver que el diputado Gerardo Fernández Noroña estaba sin cubrebocas, a pesar de que la cámara dio un kit que los incluía y también una careta, pero el legislador simplemente no se lo puso.

Aunque Lalo es joven y no tendría mucho problema si se contagia de coronavirus, lo que le preocupa es su familia, de 5 integrantes, uno de ellos en condición de vulnerabilidad. De su casa él es el único que sale, usa el transporte público y si a ella llegara la enfermedad, cree que el que la llevaría sería él.

Por ello aplica las medidas sanitarias en otro nivel: usa una máscara de laboratorio, que le costó mil 500 pesos en Internet, y lentes para cubrirse la vista. Al bajar del Metro, camión o combi se rocía de una solución y en su mochila siempre carga, alcohol, gel antibacterial y un pañuelo limpio para sanitizar sus instrumentos de trabajo.

Al llegar a su casa, en los límites de Iztapalapa y Ciudad Neza, aplica su “ritual desinfectante”: se limpia los zapatos en un tapete, llega directamente al baño donde se quita la ropa sucia, la pone en un cesto y procede a bañarse, después de todo esto puede bajar a saludar a su familia, con quienes no hay abrazos y sólo choque de puños.

Para Lalo lo más difícil del trabajo en tiempos de pandemia es cuidarse y que la gente no lo haga, sacrificar el afecto, mientras a otros no les importa. En su familia, por ejemplo, no hay acercamiento para evitar contagios y ver gente que va por la calle como si nada le da coraje, “a veces se necesita un abrazo, más en este tiempo”, confiesa.

Fuente: La Razón

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